¿Por qué nos interesamos por los perros de compañía?

Teoría 3: Apego

Es común que los perros busquen nuestra atención, disfruten de nuestras caricias y demanden activamente nuestros cuidados. Ahora bien, también es frecuente que las personas nos sintamos considerados, amados y cuidados por estos perros, quienes llegan a conocernos de modos que nos resulta difícil de explicar. Esta forma particular de ligazón emocional recíproca es lo que en psicología se conoce como vínculo de apego, y se manifiesta prototípicamente en el vínculo madre-hijo. Es decir, el vínculo con nuestros perros es técnicamente equiparable al vínculo con nuestros bebés. Veamos… 

La llamada Teoría del Apego surgió a finales de los ´60 mezclando nociones de etología y psicoanálisis [1]. Partió de la idea de que los humanos nacemos con una predisposición biológica a buscar proximidad física y emocional con personas selectas. Estas nos protegen y nutren, volviéndose muy importantes para nuestra seguridad y desarrollo. Esta predisposición también está presente en otros mamíferos, como es el caso de los perros.

El vínculo con nuestros perros es técnicamente equiparable al vínculo con nuestros bebés.

De este modo, muchos autores indicaron tempranamente que el vínculo con nuestros perros de compañía era un vínculo de apego. Esto implica equipararlo al vínculo madre-hijo, lo cual generó resistencias y escepticismo en la comunidad científica. Claro que más allá del afecto y la proximidad emocional que los custodios referimos, era necesario revisar bien la teoría y presentar más pruebas.

Las figuras de apego cumplen las funciones de base y refugio seguros. Esto quiere decir que cuando los bebés comienzan a gatear y caminar, toman a sus padres como una base confiable a la que pueden volver rápidamente si algo malo pasara. Y en ese caso, sus padres lo tranquilizarán y protegerán. Esto les da seguridad a los pequeños, lo cual les permite explorar y jugar más. Estos comportamientos han surgido en el curso de la evolución porque aumentan la probabilidad de supervivencia de las crías, a la vez que favorecer su desarrollo.

Evaluación de apego

Para mostrar que nuestros perros nos consideraban figuras de apego, se emplearon los mismos métodos que se usan para evaluar el apego de los bebés hacia sus madres.

El procedimiento dura 20 minutos, y consiste en introducir a un niño de alrededor de un año y a su madre en una sala experimental llena de juguetes.

Por cámara se monitorean las respuestas del pequeño en los distintos pasos: se pedía a la madre que saliera y entrara a la sala, y a su vez, ingresaba y salía de la sala un adulto extraño para el niño. Así, se observa, por ejemplo, si la presencia de la madre, contrariamente a la del extraño, le aporta seguridad para explorar y jugar, y si frente a su ausencia, se generan repuesta de protesta [2]. Al realizar este experimento con perros y sus custodios, los examinadores encontraron comportamientos similares a los encontrados en niños.

Por ejemplo, los perros exploraban y jugaban más en presencia del dueño que del extraño, o bien, buscaban proximidad al ser separados de sus dueños, incluyendo rascar y saltar junto a la puerta de salida, mantenerse orientados hacia esta y producir vocalizaciones [3].

Este experimento fue replicado por distintos equipos y en todo el mundo, con idénticos resultados. Es decir, en lo que a vínculo se refiere, los perros se comportan igual que nuestros hijos. Ahora bien, ¿pueden nuestros perros ser figuras de apego para nosotros?

Si bien la teoría se aplicó inicialmente a crías y cuidadores, poco después se destacó que no se limitaba a las primeras etapas, sino que los adultos también establecemos vínculos de apego. Mayormente lo hacemos con nuestras parejas, algún miembro de nuestras familias o un amigo muy cercano. Y, claramente, también podemos hacerlo con nuestros perros.

Algunos experimentos mostraron que la presencia de los perros incrementaba la autoconfianza de las personas, hacía que estas se sintieran más efectivas para alcanzar logros y que tuvieran menos presión arterial frente a situaciones estresantes. Es decir, estos estudios aportaron evidencia para fundamentar que los perros podían también configurarse como base segura y refugio seguro para nosotros [4].

De modo que, humanos y perros podemos configurarnos como figuras de apego para el otro. Esto nos aporta a ambos sentimientos de seguridad y confianza para enfrentar el mundo, y la seguridad de que, en caso de que se presenten problemas, tenemos a quien recurrir para buscar alivio y protección.

Referencias
[1] Bowlby, J., (1969). Attachment. Attachment and Loss. Londres: Hogarth
[2] Ainsworth, M. D. S. (1969). Object relations, dependency, and attachment: A theoretical review of the infant-mother relationship. Child development, 40(4), 969-1025.
[3] Topál, J., Miklósi, Á., Csányi, V., & Dóka, A. (1998). Attachment behavior in dogs (Canis familiaris): A new application of Ainsworth's (1969) Strange Situation Test. Journal of Comparative Psychology, 112(3), 219.
[4] Zilcha-Mano, S., Mikulincer, M., & Shaver, P. R. (2012). Pets as safe havens and secure bases: The moderating role of pet attachment orientations. Journal of Research in Personality, 46(5), 571-580.
Marcos Diaz Videla

Marcos Diaz Videla

Dr. en Psicología dedicado a la Antrozoología. Docente en Universidad de Flores, autor del libro Antrozoología y la relación humano-perro, y de numerosos artículos científicos de la especialidad. MN: 40.229

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